La serie que somos
“La vida es un borrador en el que no se puede borrar.” Milan Kundera
En Jacques y su amo, Milan Kundera, resucita la vieja fascinación de Diderot por el destino: ¿está todo escrito en las alturas o somos los autores de nuestra propia historia? Jacques defiende la idea de un guion ya trazado, convencido de que sus tropiezos amorosos y vitales son solo capítulos de una trama inamovible, por más que intente cambiar el rumbo. Su amo lo rebate, pero el debate queda en suspenso: el destino se revela como una trampa que encierra, pero también como un consuelo que absuelve nuestros errores y fracasos.
Podríamos decir que esa vieja discusión hoy resuena como el eco de las “narrativas sociales”. Ya no creemos que un dios o la fatalidad escriban nuestro destino, pero seguimos atrapados en guiones invisibles que dictan cómo debe lucir una vida valiosa: acumular trofeos, exhibir sonrisas, ser impecables en cada palabra y brillar en cada gesto. Lo llamamos libertad, aunque es obediencia disfrazada de modernidad. La diferencia es que ahora nadie nos obliga: nos autoexigimos para encajar en esas historias, convencidos de que elegimos, como diría Byun-Chul Han.
Kundera nos recuerda que el destino era soportable porque nos acomodaba en relatos con final. Las narrativas de hoy, en cambio, nunca cierran: siempre piden más, siempre exigen otro acto. Nos empujan a actuar como protagonistas de una comedia azucarada, una película de final feliz donde todo, tarde o temprano, encajará. Pero la vida real es otra cosa: está hecha de quiebres, giros inesperados, episodios sombríos y tramas que se quedan abiertas.
¿Y si la vida no fuera esa película predecible que nos enseñaron a desear, sino más bien una serie de Netflix, con temporadas imprevisibles, personajes que se contradicen y un guion que se va improvisando sobre la marcha?
La vida es más bien una serie. Una serie larga, a ratos brillante y a ratos insoportable, con temporadas mal escritas y personajes con distintos volúmenes que cambian sin previo aviso. Algunos arcos narrativos se cancelan de golpe, como cuando Netflix decide bajarle el switch a una producción, justo cuando empezabas a engancharte. Otros se estiran demasiado, hasta que la trama se vuelve absurda. No existe la historia ideal, ni la más virtuosa, ni es totalmente previsible.
El guion es cualquier cosa menos lineal. No es de uno de esos guionistas con diálogos perfectos, ni con humor filoso. Más bien parece obra de un cuarto de guionistas en permanente desacuerdo: meten finales abruptos, innecesarios, mezclan géneros como si fueran dados y, de vez en cuando, se olvidan de cerrar un arco.
El casting es igual de caótico. ¿Ese amigo de la infancia que parecía crucial? Nunca más apareció. ¿Ese amor que iba a durar “toda la vida”? Se bajó del reparto en la tercera temporada. Personajes que jurabas permanentes resultan ser cameos. Extras de fondo se convierten en tu compañero de trama sin que lo vieras venir. Y tú, el supuesto protagonista, ni siquiera tienes claro el tono de tu propio papel: un día héroe de acción, otro día bufón involuntario, al siguiente eres solo un sorprendido observador.
Y, sin embargo, ahí está la trampa hermosa de esta narrativa: como dijo Joseph Campbell, “el viaje del héroe no es una línea recta, sino un círculo que se repite”. En la serie de la vida no hay un solo clímax, hay muchos pequeños arcos que vuelven, se cruzan, se contradicen. La película prometía un desenlace que le daría sentido a todo; la serie te obliga a vivir en el mientras tanto.
Por eso la lección es clara: relájate, responsabilízate y disfruta. Relájate porque no todo episodio va a ser brillante, y está bien. Responsabilízate porque, aunque los guionistas improvisen, el protagonista eres tú: tu nombre siempre aparece en los créditos de apertura y cierre. Y disfruta porque, en medio de tanto caos narrativo, siempre puede surgir un capítulo inesperado que lo cambie todo: una frase, un encuentro, una casualidad que reescribe la temporada.
La vida no es un filme perfecto que busca redención en dos horas y media. Es una serie torpe, contradictoria, caprichosa, a veces tediosa y otras mágica. Y la inspiración está justo ahí: en aceptar que cada episodio, incluso los más absurdos, forman parte de la única historia que nunca conviene abandonar, porque lo único que no cambia es el protagonista, y mientras sigas a cuadro, siempre queda la posibilidad de que el próximo capítulo sea tu favorito, y hasta te autonomines para un bien merecido a Emmy… O no.



